In mundo

El pueblo sería meramente un poder informe, estéril, ciego,
como la fuerza embravecida del elemento marino…
Hegel

No hay órgano perceptivo para la captación del otro como tal. La psique, mentalidad/aparato, es solidaria de la imagen del hombre que impone la modernidad: un sujeto que subsiste para sí mismo. Pero lo propio no es lo propicio. En Psicología de la masas Freud cambia la orientación del Proyecto señalando hacia el estar-en-relación-con, para incidir sobre lo indecidido: el hombre.
Siguiendo el movimiento de Lacan podríamos retomar el sujeto en pos de por fin cuestionarlo, de subvertirlo, de sitiar la subjetividad -de la época- para despejarla del campo. De la captura de lo íntimo consiste la idea absoluta, la reabsorción por el discurso (capitalista) que da consistencia a la tracción induciendo la globalización de la cultura popular. Materialización de la maquinación de la técnica en cibernética. Consentir alterar lo dicho es salir del qué-hacer propio, disponer una crítica del texto del mundo.
Lo que camina no anda, lo que no anda encamina. Aimée, la Tesis, las Papin, primer inicio que capta cierta juntura de lo excluido en la urbe: la psicosis y la cárcel. Malestar de la normalidad, locura y encierro. Peste que el analista debería traer de otro modo a la ciudad. Hacer que el contratiempo aporte tiempo. Cárcel/encierro: sujeto. Psicosis/locura, esquizofrenia. La vuelta de lo rechazado podría aportar reescritura, extracción de libertad del encierro y de caos de la sistematización de la norma que establece la coherencia. 
Sin el olvido de lo sido no hay por venir <> desde el porvenir pasa lo sido. La continuidad responde al deseo de lo mismo, en tanto el corte agujerea el horror al abismo. Del pase por lo extraño lo singular se abre en lo común. En tanto al síntoma le corresponde el real propio, el sinthome dispone de lo singular como entrada a la historia. Habrá que inventar otro lugar de partida, otro espacio para la puesta en escena de la palabra. La dislocación esquizofrénica da otro modo a lo informe, reanuda la sensibilidad. Caotización —> reescritura. Acontece futuro, cuando lo insólito reanuda como yacido lo dado. 
La época de la imagen del mundo encuentra sentido en la legalidad universal, la calculabilidad y la previsión. Modo de ver que sólo cuenta con el efecto y el progreso que responden a intereses prácticos dominantes. Emplazamiento-de-la-naturaleza / proceso-de-acumulación, paso de la existencia a las existencias. Diálogo de la historia, Heidegger con Marx, en cuyo haber el psicoanálisis debe aún deslizar un decir. Devolver la dimensión política a la cosa es responsabilizarnos por nuestra tarea.
Tras el príncipe y el despliegue del nihilismo, el Estado de descrédito de Baker detiene su caída con el Estado decisionista de Carl Schmitt, concepto que encuentra concreción en la realidad fáctica. Crisis de la ética del Estado que conduce al estado ético de descrédito. Colapso del ámbito de lo político, violencia de la empresa técnica vuelta política de Estado. Era de las neutralizaciones que lleva al Estado tecnócrata a su realización. 
Deleuze lo dirá de otro modo: “Bajo los golpes de la propiedad privada, y luego de la producción mercantil, el Estado encuentra su debilitamiento”. La razón de la ley del Estado pluralista será la “persona jurídica”, se trate de individuos, de grupos o de sociedades [anónimas]. Fundamento del cogito cartesiano y de la modernidad, el Sujeto [de derecho] sancionará las libertades individuales como Objeto a cuidar. “Libertades” contrapuestas al bien común, a la comunidad. Atentar contra el derecho individual será esgrimido en cada caso en detrimento de la soberanía de los pueblos, mostrando la voluntad de poder de un totalitarismo encubierto.
Cuestionar la subjetividad es abrir otras vías que la de los gadgets, que la de la demora de la demanda en el consumo. Vías que permitan despejar el ser de la filosofía y el tener del capitalismo del simple estar en la tierra, que como señala Kush quizás sea parte del destino y del aporte del pensamiento indoamericano a la época.
El Estado decisionista se funda como unidad trascendente en el repudio del otro, sea un enemigo externo o una minoría excluidos de la categoría de lo humano. La enemistad moderna no da lugar al espíritu del agón. Mientras que el juego agonista-antagonista permite la inclusión de la alteridad en la apertura de un movimiento dialéctico, la consistencia del enemigo abrió las vías de la devastación del otro, mundialización de la segregación y del campo concentracionario.
El Estado ¿surge del consenso social o lo funda? ¿Hay homogeneidad de pueblo? El consenso deja como resto lo extra-consensual. La mayoría elevada a la potencia del Uno segrega a las asociaciones y grupos que quedan fuera de la normalidad. En diálogo con Platón, Aristóteles cuestiona el monismo y entiende al Estado como unidad no toda. Tomás de Aquino plantea que la intención del Estado es la unidad de la multitud pero señala que tal movimiento produce un repliegue que conduce a la destrucción del Estado. Refundar el derecho como no universal implicaría generar pequeños órdenes que regulen acciones concretas, lo que permitiría la vecindad Pueblo Estado.

En tanto el pensamiento piensa el eterno retorno de lo mismo, aportar la diferencia perturba la tracción. El pensar recubre la cosa, imposibilitando la puesta en juego de lo real. No se trata de armar otro sino de admitir otra disposición. Por la acción el espíritu puebla el mundo. Concreción de la acción que provee como gesto el silencio, y dispone la espera del don del tiempo. Anaideia de las práctica de las políticas sostenida por la lógica amigo-enemigo: hermandad <> exclusión, sostén de lo instituido en las sociedades, dando lugar a la apertura a una política de la hospitalidad que ponga a pasar lo que eksiste. Movimiento: pueblo, voz, nosotros.

* Trabajo leído en la Cátedra Principales Corrientes del Pensamiento Contemporáneo de Ricardo Forster, en la 5ta Semana de la Comunicación en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, La construcción de sentido del Neoliberalismo.

VI. Tras escuchar no a mí sino al lógos...


ou)k e)mou= a)lla\ tou= lo/gou a)kou/santaj o(mologei=n sofo/n e)stin e(\n pa/nta

ei)=nai. (22 B 50 DK)

Tras escuchar no a mí sino al lógos, es sabio decir en concordancia que todo es uno.

 

Aquí es interesante destacar el orden semántico —más libre en griego que en castellano— de esta sentencia. El orden dispuesto por Heráclito acentúa el no a mí sino al lógos [ou)k e)mou= a)lla\ tou= lo/gou]. Pero, qué: Habiendo escuchado [a)kou/santaj (akoúsantas)]; destacando la anterioridad de este “haber escuchado al lógos”.

El verbo a)kou/w [akoúo (oír)], etimológicamente es “parar la oreja”, “aplicar el oído para oír”, podríamos decir: ser todo orejas; o “dar oídos”: escuchar. El verbo alcanza las acepciones de “prestar atención”, “conocer”, “enterarse”, “entender”; incluso “obedecer”. El comprender de la sentencia no cae en un mero saber, sino que es prenderse fuego con el lógos.

El verbo o(mologe/w [homologéo] —quizás un neologismo del griego— en voz pasiva significa “ser homólogos”; la voz activa asocia los sentidos de “estar de acuerdo con” y decir la misma cosa que; hablar de ‘acuerdo con’, ‘decir conjuntamente’; de allí es “corresponder”, “converger”. Derivando en “convenir”, “reconocer”, “confesar”. En el o(mologei=n [homologeîn] de Heráclito resuenan el acorde de la música y el unísono de la voz.

Aunque el decir del hombre corresponda al lógos no es más que un mero decir. La sentencia habla de “haber escuchado” [a)kou/santaj (akoúsantas)], para luego entrometer el o(mologei=n [homologeîn]: “decir lo mismo”; sólo después de haber escuchado puede surgir un decir. Entre uno y otro el sabio injerta el sofo/j [sophós].

Rápidamente pensamos en el saber; recordemos que Platón unió el sophós con el phílos del amor y de la búsqueda, dando origen al filo/sofoj [philósofhos (filósofo)], al amante de la sabiduría, el deseoso de saber. No obstante, el sofo/j [sophós] griego inauguralmente se asocia con el arte, habla de ser hábil, diestro; se trata del que sabe o domina un quehacer, el que “sabe hacer lo suyo”. Sofo/j [sophós] señala a quien está esclarecido en su oficio. Entre los griegos se aplicaba para nombrar a los artistas y a los artesanos, a los jinetes y a los marineros; Píndaro lo destina a los poetas y a los músicos. Sófocles era llamado Sophós. Este arcaico sofo/n [sofhón] es el que Heráclito coloca entre a)kou/w [akoúo] y o(mologei=n [homologeín]. Se trata del arte, reservado desde antiguo a los poetas, de decir lo sagrado. Luego sophós pasa a designar la inteligencia en cuestiones prácticas: “ser sagaz”, “perspicaz”, “lúcido”, “despierto”. De allí resulta “ser astuto”, “vivo”, “ingenioso”; “virtuoso”, “prudente”. Llegando a calificar al instruido, a aquel que sabe por instrucción.

No [es] a mí [ou)k e)mou= (ouk emoû)] —dice Heráclito— a quien debéis oír; ni al que habla [o( le/gwn (ho légon)], ni a lo que se oye de sus palabras. Tampoco al significado, ni al sonido, ni al estilo. Sino a lo Otro: al lógos [a)lla\ tou= lo/gou (allà toû lógou)]. Pero, cuando corresponde [o(mologei=n (homologeîn)] al lógos, qué revela el decir de los mortales: Todas las cosas son uno [e(\n pa/nta (hèn pánta)].

Desde el lógos, los pequeños todos salen al encuentro del hombre. Heráclito pone el acento en el hombre, a la vez que propone borrarlo para dar lugar a lo común. Si se escucha al hombre que habla, cualquiera que tome la palabra, se prestan oídos a una “inteligencia particular”, al mundo o al sueño de un sujeto, pero no se escucha a lo único sabio:  o( kerauno/j [ho keraunós (el rayo)].

 

[o(  (Hra/kleito/j fhsi] toi=j e)grhgoro/sin e(/na kai\ koino\n ko/smon ei)=nai, tw=n de\ koimwme/nwn e(/kaston ei)j i)/dion a)postre/fesJai. (22 B 89 DK)

[Heráclito dice que] para los despiertos hay un cosmos único y común, pero de los que duermen [afirma que] cada uno se vuelve hacia [un mundo] propio.

 

El verbo a)postre/fw [apostréfho][1] agrupa las significaciones de volverse, “emprender la fuga”, “escaparse”, “apartarse”; “rechazar”. Este “volverse” expresa que los dormidos dan la espalda a lo común; rechazo que a la vez los deja separados, inclinados hacia un mundo propio, “privado”.

Luego del inicio, los filósofos congelaron el devenir de este río de fuego. Intentando comprender lo que el sabio nos legó, desde las sentencias se elevaron a un orden regido por leyes cósmico-universales. Pero Heráclito no necesitó ir al cosmos para descubrir su lógos, lo escuchó en la naturaleza del hombre. Tal como en el espacio sagrado deja sus escritos, en el lo/goj [lógos] sitúa la esencia de los mortales. Pues aquí, en el fuego del hogar, también hay dioses…

En Radiofonía y televisión[2] Lacan dice: “Mi experiencia no toca al ser sino para hacerlo nacer de la falla que produce el ente de decirse. […] Es así que el inconsciente se articula de lo que del ser viene al decir”. En el mismo sentido que Heráclito, Lacan inscribe la Spaltung freudiana sobre un vacío, donde el sujeto se articula con el lo/goj [lógos].

Por último tomemos un comentario de Aristóteles, quien en De mundo recuerda:

 

pa=n ga\r e(rpeto\n plhg$= ne/metai, w(/j fhsin  (Hra/kleitoj. (22 B 11 DK)

Todo ser viviente es llevado a pastar con un chasquido, como dice Heráclito.

 

Todo animal, “lo que camina”, es conducido por el pastor con el golpe del látigo [plhgh/ (plegé)]. Pero lo que gobierna la marcha no es la violencia del azote sobre la carne del viviente, sino el chasquido en el aire: el estruendo que descarga —al estilo del trueno—. El hombre, un ser vivo entre otros, aspirado por los efectos del “eso habla” [ça parle], arrebatado por el fuego del lenguaje, deviene en llama.



[1] En la sentencia usado en infinitivo, de la voz media del indicativo.
[2] Psicoanálisis. Radiofonía & Televisión, Editorial Anagrama, Barcelona, 1977.

V. Despiertos y dormidos


A los hombres les pasan inadvertidas las cosas que realizan cuando están despiertos, así como olvidan los sueños. Si bien el lógos es con lo que chocan a diario, se les presenta como insólito[1]. No saben escuchar ni hablar[2]. Al no abrirse a lo común, se apartan de él; desviándose.

 

dio\ dei= e(/pesJai t%= ! tou= lo/gou d' e)o/ntoj cunou= zw/ousin oi( polloi\ w(j i)di/an e)/xontej fro/nhsin. (22 B 2 DK)

Por ello es preciso seguir a lo común; pero aunque el lógos es común, la mayoría vive como si tuviera una inteligencia particular.

 

Frente a la palabra ausente en este fragmento, la tradición coloca el koino/j [koinós] del texto de Sexto Empírico; la filología, en cambio, propone el arcaico cuno/j [xynós][3]. Producto de una concurrencia lingüística, koino/j [koinós] cubre el significado de cuno/j [xynós]; estas voces reúnen el sentido de “común”, “general” y “público”. Opuesto a i)/dioj [ídios], koino/j [koinós] designa lo común; “El Estado”, “el derecho común de los ciudadanos”, “el tesoro de la ciudad” y “la moneda” se encuentran dentro de la esfera de este vocablo. Y, desde la incidencia interpretativa de los primeros filósofos, Platón y Aristóteles[4], koino/j [koinós] se eleva a un planteo ontológico, llegando a designar lo “universal”.

Inicialmente el verbo e(/pomai [hépomai] es “estar o venir después de”, a partir de allí significa seguir; puede designar un ‘seguir como asistente o ayudante’, es entonces “escoltar”, “asistir”; no obstante, en sentido hostil se convierte en “perseguir”. Seguir es “ir detrás de”, “ir con”, “ir al paso de”; “acompañar”; el verbo adquiere el matiz de “obedecer” o “someterse a”. En sentido figurado es “seguir con el pensamiento”, Platón lo toma como “comprender”. En e(/pomai [hépomai] se trata de seguir la huella de…, “estar cerca”, “aproximarse”. Píndaro, en la Olímpica II 22, lo vuelca en el verso expresando un “estar de acuerdo con”, en el sentido de “estar en armonía con”; de allí que también sea “convenir con”.

Aquello que, abriendo camino, marcha a la cabeza da la espalda al hombre. En este “ir al paso de” no es un sujeto quien decide la vía; el sujeto sólo puede entregarse a lo abriente. En el “mantener el paso de” resuena lo que acontece, marcando el ritmo. Para no extraviarse, ni quedar rezagado, es preciso que el hombre marche detrás de esto, pero sin perderlo de vista. También es preciso que el seguir no se hunda en un mero perseguir, convirtiéndose en un “cazar” o en un “acosar”. Despojado del deseo de adelantarse, de “sobrepasar” —otra de las formas de perder de vista lo que hay que seguir—, el “someterse” se convierte en corresponder. Heráclito dice que los hombres divergen de lo que continuamente está junto a ellos, eso en lo cual se congregan.

En sentido posesivo i)/dioj [ídios] se refiere a lo “propio”, ‘lo que es de uno solo’, es decir, “privado”; con valencia personal, designa lo “particular”. Desde Homero aparece como opuesto a lo público, que hace referencia al démos. Este ídios se relaciona con nuestra palabra “idiota” —así designaban los griegos a los que permanecían al margen de la pólis, ídios era esgrimido como oposición a hombre público: ciudadano; también era empleado con el valor de “ignorante” o “no experimentado”—. Heráclito señala que ‘la mayoría de los hombres’, en otros fragmentos dice “los que duermen”, quedan apartados de lo común; vueltos hacia sí mismos, hacia su mundo propio.



[1] Ver fragmento 72.
[2] Fragmento 19; también el fragmento 34.
[3] Cuestión que por sí sola no asegura quedar a resguardo de la hermenéutica por la que ya estaba captada la fuente.
[4] Platón Teeteto (185, B, C); Aristóteles Metafísica (987 B 6) y Analíticos posteriores (76 B 14).

IV. El Logos y la Physis


Al estilo del lógos, Heráclito distingue de acuerdo con la fu/sij [phýsis] cada una de las cosas que son. Tomemos ahora el verbo diaire/w [diairéo] de la sentencia; el verbo simple ai(re/w [hairéo], en su sentido germinal, hace referencia al trabajo de la mano del hombre en la recolección de los frutos; compuesto queda tomado por el “dia-” [dia], que divide su campo semántico en dos valores: en el sentido de “atravesar”, y en el de “partición”. Diaire/w [diairéo] es “cortar”, “partir en trozos o partes” (un animal asado); es “seccionar”, e incluso “despedazar” (un animal crudo). Remite a “dividir”, “separar”; así como “apartar”. También es “hender”, y de allí “abrir”. De ‘lo separado’ llega el valor de “repartir” y de “distribuir” (las porciones); de manera abstracta es “distinguir por medio de divisiones o de clasificaciones”; luego adquiere los significados de “decidir”, “fijar” y “determinar”. Como vemos, diaire/w [diairéo] se abre a una multiplicidad de posibilidades, las que nos envían a distinguir qué es el lógos.

Para iniciar la faena partamos del hender: el hender abre una brecha, hace la hendidura, como el arado que en su camino agrieta la tierra abriendo el surco del que brotarán las simientes. La semilla como la tierra es oscura, hasta que rompe a la luz. Este hender corta ‘lo que no divide del todo’, como un bisturí que hiere la piel que traspasa. El hender surca el aire como una flecha, entonces oímos su soplo. Cuando cruza el mar el barco hiende el agua en su marcha, como un hombre que se abre paso entre la multitud.

Abrir puede ser pensado como abrir una puerta; llevándonos a especular con descubrir lo que está oculto, o cerrado. La puerta es signo de apertura, del umbral que permite que algo aparezca y se muestre, que surja de lo oscuro. Abrir es abrir los ojos, también abrir los oídos, entonces es ver y escuchar. Abrir es “desplegar”, un papel o una frase. El desplegar —así como abrir un espacio o un tiempo— extiende. El cielo nublado a veces se abre, permite que surja la luz: se despeja. Abrir es dar paso, o dar cabida; dejar una huella en la tierra, abrir un camino. Abrir es dar principio: Iniciar. Comenzar la marcha, también es abrir. Este abrir es abrir el juego, en el que todo se juega. Los pétalos del capullo se abren dando lugar al florecer de la rosa. El lo/goj [lógos] es lo que abre —así se abrió para Heráclito.

Desde antaño el decir de los presocráticos permaneció fusionado a la fu/sij [phýsis]. La tradición comprende que su pensar habla de la naturaleza, concebida como “lo ente en su conjunto”; que, a la manera de una química arcaica, se refiere a los elementos desde los que se genera y en los cuales se descompone lo existente, es decir, de qué están compuestas las cosas —fuego, agua, tierra, aire—. O, en todo caso, es tomado como una versión primitiva de la física, que se lanza a la investigación del Ser; entendido a su vez como la ley universal que postula la unicidad de lo múltiple[1]. Luego de las ideas de Platón y tras la Física de Aristóteles, la fu/sij [phýsis] de los pre-socráticos fue considerada (anacrónicamente) como un modo de la ou)si/a [ousía], la entidad del ente[2].

La palabra griega fu/sij [phýsis] quedó reservada para designar a la “naturaleza”. Este antiguo vocablo acoge su significado del verbo fu/w [phýo], que distingue un “hacer brotar”, “hacer nacer”, “producir”. Fu/w [Phýo] designa el “origen”, el “nacimiento”, pero también el “crecimiento”; nombra la “forma natural”, y de allí naturaleza. El verbo presenta un sentido exterior y uno interior, con lo que es “carácter” tanto como “orden natural” (opuesto al cultural). El lingüista francés Émile Benveniste, refiriéndose a la naturaleza en tanto que realizada, traduce fu/sij [phýsis] por “cumplimiento [efectuado] de un devenir”; de esta forma señala que no sólo se trata del origen y del resultado, sino también del proceso en su carácter dinámico.

Entre los antiguos griegos fu/sij [phýsis] nombraba lo que brota desde sí mismo, lo que germina rompiendo la cerrazón de la tierra, y asoma a la luz. Es lo que florece y se despliega... La semilla se abre y desgarra el terruño: se dispersa, mientras la tierra queda atrás. El brote se expande, y prospera; de la muerte del retoño se abre en flor. Luego de la caída de los pétalos el pimpollo florece. El fruto aflora cuando la flor se disgrega. Y el fruto se disemina; si encuentra fertilidad, como semilla retorna al ciclo de la tierra, si no se descompone en polvo. La fu/sij [phýsis], a partir de sí y hacia sí, se presenta. Sin embargo, en el proceso se ausenta como origen de su producto.

En el lo/goj [lógos] Heráclito recoge el fruto de la naturaleza. Su palabra reúne el devenir que destina la fu/sij [phýsis], la mensura que cada ciclo hace brotar en el mundo. El encuentro de fu/sij [phýsis] y lo/goj [lógos] es encaminado por la a)lh/Jeia [alétheia]. La fu/sij [phýsis] nombra al ser y a lo ente, el lo/goj [lógos] señala lo que, sin ser ningún ente, abraza y acoge todo lo que es.

Sin embargo, los hombres se vuelven incapaces de comprender [a)cu/netoi (axýnetoi)[3]] el lógos. No lo escuchan, ni antes de ser dicho, ni después de haberlo oído. Pese a que todas las cosas acaecen según este lógos, incluso los eruditos parecen ignorantes[4]; tanteando, prueban representaciones para nombrarlo, pero no consiguen distinguir su naturaleza, ni expresar cómo se da.



[1] Hegel hablaría de los rudimentos del pensar científico.
[2] En la traducción al español de “to\ o)/n, ta\ o)/nta” [tò ón, tà ónta] por “el ente, los entes” se pierde la relación del o)/n [ón] con el verbo ser, mientras que en griego éste es una de las formas del ei)=nai [eînai], infinitivo del verbo; esta cuestión queda señalada en nuestra lengua optando por la traducción “lo que es” o “las cosas que son”.
[3] Literalmente: incomprendedores.
[4] Ver los dichos de Heráclito sobre Pitágoras y Jenófanes, Homero y Hesíodo, Hecateo y Arquíloco.

III. Sobre el Lógos de Heráclito

A partir de meditar, y en este sentido toda meditación es automeditación, Heráclito habla. 
Cuando abre su decir, lo primero es:

Tou= de\ lo/gou tou=d' e)o/ntoj ai)ei\ a)cu/netoi gi/nontai a)/nJrwpoi kai\
pro/sJen h)\\ a)kou=sai kai\ a)kou/santej to\ prw=ton! ginome/nwn ga\r
pa/ntwn kata\ to\n lo/gon to/nde a)pei/roisin e)oi/kasi peirw/menoi kai\
e)pe/wn kai\ e)/rgwn toioute/wn o(koi/wn e)gw\ dihgeu=mai kata\ fu/sin
diaire/wn e(/kaston kai\ fra/zwn o(/kwj e)/xei! tou\j de\ a)/llouj a)nJrw/pouj
lanJa/nei o(ko/sa e)gerJe/ntej poiou=sin o(/kwsper o(ko/sa eu(/dontej
e)pilanJa/nontai. (22 B 1 DK)

Aunque este lógos existe siempre los hombres se muestran incapaces de comprenderlo, no sólo antes de escucharlo sino también luego de oírlo primero. Pues, aunque todas las cosas suceden de acuerdo a este lógos, parecen inexpertos, experimentando con palabras y acciones tales como las que yo expongo, cuando distingo cada cosa según su naturaleza, y al indicar cómo es. En cambio, a los demás hombres se les oculta cuanto hacen una vez despiertos, así como olvidan cuanto crean mientras duermen[1].

La sentencia habla del lógos, mejor dicho, la sentencia del lógos habla. Allí esencia la correspondencia de ser y decir.
Lo/goj [Lógos] suele ser traducido por Razón [ratio]; tomado como “medida”, en el sentido matemático de “cálculo” o “proporción”. También admite ser trasladado por “relato”, “palabra” o “sentido”. El sustantivo griego lo/goj [lógos] despliega su campo semántico a partir del verbo le/gw [légo]. Este verbo se refiere inicialmente a la actividad que realiza el labrador, durante y luego de la cosecha. La primera acepción de le/gw [légo] nombra un “juntar”, en el sentido de “recoger”. Tras la siega, los campesinos van en busca de los dones de la tierra. La recolección implica ‘cortar mediante la mano del hombre el producto de la naturaleza’, es decir, separar lo que ésta entrega. Esta acción inicial que abre el juntar de le/gw [légo], se da al “agarrar y levantar del suelo” —al desenterrar la cosecha de su terruño, al segar las mieses del campo o extraer el fruto: arrancarlo del árbol—. El acto que le/gw [légo] dirige escinde y secciona, separa y aparta, retira y aísla, dando como resultado un distinguir.
Eso que el labrador recolecta durante la cosecha se pone ‘todo junto’, queda “reunido”. Le/gw [légo] toma el sentido de “juntar”, ahora en referencia a un reunir, como en la recolección de los higos, de las espigas o de los racimos durante la vendimia. Pero no todo lo que los campesinos recogen permanece reunido, en el curso de la trilla los hombres eligen, escogen y seleccionan los frutos. De aquí surge un “elegir” y un “escoger”; ambos unidos a un “separar”.
Precediendo a lo que surge primero, al juntar y al reunir, en le/gw [légo] trabajan un elegir y un “medir” esenciales. Como cuando los niños van en busca de nueces, de moras o de flores, previamente a la recolección debe darse este “elegir” que —desde una medida— guía la acción.
Pero lo reunido no está junto de cualquier modo; puesto en un orden, resulta “bien dispuesto”. Ahora se trata de ‘unir lo separado’: algunas veces el trabajador lo liga armando un atado, otras veces lo almacena en una vasija, lo coloca dentro de un saco o una bolsa, como se hace con los granos. El campesino, tras desunir el fruto de la tierra, vuelve a reunirlo: lo coliga.
Después de la recolección, la selección y la reunión, ya bien dispuesto, el producto de la cosecha es contado. El verbo adquiere entonces el sentido de “contar”, “enumerar” —actualmente deberíamos hablar de un “computar”—. A partir de este ‘llevar la cuenta’, del “contar oralmente”, surge el decir de le/gw [légo]; un “decir” que no es de cualquier modo, es decir el orden en que aparecen las cosas. Le/gw [légo] nombra el “decir” y el hablar, incluso como sinónimo del cantar de los poetas, también es “narrar” y “contar”; “llamar” y “nombrar”; “discurrir” y “charlar”; “indicar” y “expresar”. En tanto lo/goj [lógos] es “narración” y “cuento”, “elogio”, “fábula”, “historia” y “leyenda”.
En torno al lógos se reúnen los hombres, no menos que los frutos de la tierra; la labranza, la siega y la celebración, congrega a un pueblo. La cosecha es deseo para la siembra y promesa de la fiesta de los dones. En el lo/goj [lógos] se da la reunión de la sagrada fu/sij [phýsis] con los dioses propicios y los efímeros mortales.
El verbo le/gw [légo] denota ‘el orden del discurso’; desde allí es discurso, y deriva en “tratado”. Al mismo tiempo toma el sentido del lexema individual que proviene de la operación discursiva: la palabra. Cuando el decir se desarrolla en el plano mental, le/gw [légo] se torna razonar, mientras que oralmente deriva en “argumentar” y “exponer”.
En la tradición europea este “razonar” recubrió el significado del verbo le/gw [légo]. Mientras, la filosofía descartando el mito y la leyenda tomó al lo/goj [lógos] para su progreso. Este acontecimiento convierte al Lógos en la Razón que nombra, y congrega, el fundamento en el que se asienta la historia de Occidente.



[1] Para armar el final de la sentencia tomamos el verbo poie/w [poiéo] en dos acepciones diferentes, primero por hacer y luego por crear

II. Sobre el Lógos de Heráclito

Antes de comenzar la tarea es preciso efectuar una indicación. Si bien los trazos de traducción no están dominados por un deseo de literalidad, marcan una decisión; que sólo puede mostrar una faz, mientras sustrae las otras posibilidades en danza. Dentro de estos bosquejos irán asomando pasajes donde nos detendremos a explayar algunas palabras; al extenderlas, proliferarán las menciones y se propagarán los sentidos —aquello que la traslación encubre—. La traducción conlleva un cierre, y una pérdida; la explanación proyecta provocar un movimiento de apertura. “Explayar” también es “recrear”, en una tentativa, rudimentaria por cierto, de traer desde atrás atisbos del campo de audición que las sentencias suscitaron en el hablante griego de la época arcaica, y del siglo V. (Sin embargo es preciso insistir en que apreciar las palabras del pensador desde el genio de la lengua materna no les aseguró escuchar el decir puesto en juego por las mismas, pues aún era necesario hacer otra traducción.)
La gramática griega se convierte en la base de la lingüística moderna, la que se desarrolla bajo el dominio de la lógica (ratio); la lingüística piensa el lenguaje a partir de la doctrina del decir aseverativo. Un decir que, regido por el principio de no contradicción, se extiende desde las categorías hasta los juicios. La disciplina científica misma se inscribe dentro de un supuesto incuestionable, que viene rigiendo Occidente desde hace siglos; fundamento que encuentra su razón tomando la veritas (verdad) como adaequatio (adecuación) de las cosas, correlación que determina lo verdadero y lo falso. La adaequatio no se dispone a nivel de la palabra particular, sino en el plano del enunciado; con esto la proposición pasa a ser el terreno de la veritas.
La filosofía del lenguaje presupone que las proposiciones se conforman con palabras que designan conceptos; términos usados por los hombres para comunicarse, y para clasificar a los entes. El enunciado es uno de los modos del le/gein [légein][1], Aristóteles dice: le/gein ti kata/ tinoj [légein ti katá tinos], “decir algo sobre algo”. El enunciado es un juicio que informa a otros un estado de cosas; si la información es correcta la proposición es verdadera —adecuada—. En la estructura de la oración distinguimos sujeto, predicado y cópula; la veritas consiste en que el predicado correctus, y bien dispuesto, se ajuste al sujeto. De esta forma la veritas, como adaequatio a la cosa, halla su sitio en la proposición.
Para la filología el concepto representa lo generalizable de la palabra, el “universal” es considerado el significado fundamental; de esta significación primordial se desprenden las particularizaciones, derivaciones estimadas como desviaciones de lo básico. Esta ciencia pretende rastrear los significados fundamentales de las palabras y de las raíces. Tal concepción del lenguaje conduce a pensar que los vocablos poseen un contenido originario, que se pierde y se distorsiona en el transcurso del proceso lingüístico; de esta forma hallamos la “idea” de la preexistencia de un puro significado fundamental, que luego se ramifican en otros sentidos, secundarios, terciarios, etc.
Mientras el lingüista rastrea la diacronía de las palabras desde el momento en que surgen a la lengua, y el filósofo persigue la palabra justa que explique el concepto, el poeta juega con aquello que lo atraviesa, eso en lo que está jugado (pero, esto no es científico…). El psicoanálisis nos enseña que en el ámbito del lenguaje no se trata de un “significado fundamental”, sino de la índole diferencial del significante: ser lo que los otros no son. Esta esencia diferencial de la lengua inspira a la palabra desde el comienzo, desde la raíz hasta las múltiples derivaciones, manteniéndose oculta a lo largo del tiempo; aunque actúa de manera velada en los diversos modos de decir que ésta presenta, lo inicial sólo se muestra por último. En una dimensión poética, naturaleza profunda del lenguaje, la voz abre la diferencia de una singularidad múltiple, en la que deja oír al hombre su polifonía.
Aún cabe agregar que en esta tarea intentaremos prescindir de la hermenéutica metafísica que ha aplanado el discurso de Heráclito; de las representaciones correspondientes a la física, la moderna y la antigua, así como del recurso que ha facilitado la astronomía; de la misma manera procederemos con las concepciones provenientes de la religión. Tales interpretaciones suelen desplazar el temprano decir de este pensador inicial a regiones de la razón conectada con opiniones doctrinales posteriores, tomadas en cada caso por sus cuestionamientos. Sólo el intento de estar a la escucha de lo que dice la palabra del lo/goj [lógos] guiará nuestro camino; no obstante, debemos dejar constancia que todo posible diálogo implica oír desde el mundo en que se habita.




[1] Infinitivo del verbo griego le/gw [légo].

I. Sobre el Lógos de Heráclito

Lo que he comprendido es excelente;
y creo que también lo que no he comprendido.
Pero se necesita un buzo de Delos.
Atribuido a Sócrates[1]

Del discurso de Heráclito han quedado sólo fragmentos, jirones de citas que (en su propio interés) han realizado Platón, Aristóteles y los Padres de la Iglesia, entre otros; contamos con lo que la tradición ha elegido y resguardado. A partir de los comentarios, y gracias a la exploración filológica, se reconstruyó lo que hoy por hoy integran las sentencias de este pensador “presocrático”. El inestimable trabajo de selección, ordenación y enumeración de palabras aisladas y de frases completas, respetando la expresión y el estilo del griego, nos permite volver a contar, aunque no sabemos en qué proporción, con su Lógos.
Desde antaño la filosofía intentó dar cuenta de sus palabras, sin embargo aún se sigue debatiendo sobre el sentido de sus dichos. En suma, a pesar de la diversidad de hipótesis explicativas, es posible decir que no se llegó a formular una tesis que reúna la trama que urdió. Aunque no contamos con su escrito, las partes que resistieron el olvido muestran una totalidad dispuesta de manera diferente a la del poema de Parménides; incomparable a la exposición que posteriormente efectúa la filosofía platónica o aristotélica. Estas piezas rubrican un estilo en sí mismo fragmentario.
Para preparar la edición de las sentencias de Heráclito, Diels renuncia a toda tentativa de reconstrucción de la obra; es interesante destacar su opinión —la que no ha encontrado muchos adeptos—, sostiene que no escribió un libro continuo, sino que manifestó repetidas veces una serie de reflexiones cuidadosamente formuladas; cuestión que, sin ser necesariamente cierta, podría contener un núcleo de verdad. Posteriormente, Gigon y Kirk retoman la tesis de Diels planteando que las sentencias son una recolección de apogtemas orales inconexos entre sí, reunidos a través del tiempo[2]; pero esto, además de ir contra la tradición, deja sin resolver la dificultad que presenta el primer fragmento.
Destaquemos que Heráclito, incluso en su tiempo, era considerado oscuro. Según la Suda[3] (22 A 1a) “escribió muchas cosas poéticamente”; el poéticamente hace referencia al ritmo, y a lo alegórico de sus dichos. En la Retórica (III 5, 1407b) Aristóteles afirma que la obra de Heráclito es difícil de puntuar, que nunca queda claro dónde hacer el corte. En De elocutione, Demetrio de Falero, discípulo de Teofrasto, recalca la falta de conexión y lo deshilvanado de sus apotegmas. Dentro del anecdotario, que se desprende más de su obra que de la vida, Diógenes Laercio, en Vidas de los filósofos ilustres IX 1, lo muestra como un decidor de enigmas; poco después [en IX 6-7] cuenta que, según Timón de Fliunte, Heráclito se expresa con términos enigmáticos: ai)nikth/j [ainiktés]; y añade un comentario de Teofrasto, quien plantea que por “melancolía[4]” dejó algunas cosas a medio terminar. Pero nada de esto le impide señalar que la concisión y la fuerza de sus expresiones son incomparables. El “ainiktés” de la anécdota deriva en el nombre “o( Skoteino/j” [ho Skoteinós]: el Oscuro, la fama que Heráclito ganó entre sus compatriotas.
Este decir enigmático no hace referencia al acertijo ni a la adivinanza, sino a una poética oscura, a un estilo denso, yuxtapuesto y polisémico; donde cada pieza, abriéndose y cerrándose en sí misma, dispone una unidad. Por las resonancias que provocan, el sentido que acarrean o el pensamiento que transmiten, las sentencias se aluden unas a otras, irradiándose alternativamente; pero sin retomarse, no se continúan ni explican. Pese a estar esbozadas con palabras recuerdan una transmisión mímica, en la que conviene exponer diversas veces lo mismo, para que el otro capte lo que se intenta exponer. En este sentido los fragmentos revelan el lógos que, reuniéndolos, los atraviesa y acopla.


[1] Diógenes Laercio relata (en Vidas de los filósofos ilustres, II, 22) que Eurípides, tras darle a Sócrates el libro de Heráclito, le pregunta qué le pareció —el epígrafe es la respuesta.
[2] Ver Heraclitus, The cosmic fragments, Edited with an introduction and commentary, G. S. Kirk, Cambridge at the University Press, London, 1962.
[3] Enciclopedia histórica bizantina sobre el mundo mediterráneo, escrita en griego en el siglo X.
[4] No en el sentido de la actual patología, sino en el de la antigua impulsividad.

Heráclito y el presentimiento del psicoanálisis

Por otro camino que el tomado por la filosofía occidental, uno vecino a la experiencia de Freud, descubrimos un breve y enigmático fragmento de Heráclito, que suele ser pasado por alto:

e)dizhsa/mhn e)mewuto/n. (22 B 101 DK)
Me investigué a mí mismo.

El verbo di/zhmai [dízemai] de la sentencia, que se encuentra en un tiempo histórico[1], hace referencia a algo que aconteció en el pasado pero tiene consecuencias en el presente. Dízemai es “buscar”, “tratar de hallar”, “querer saber”. Kirk y Raven traducen “anduve buscando”[2]; a esto se agrega un me por referirse a “sí mismo” [e)mewuto/n (emeoutón)]. Este buscar inicial adquiere el sentido de “procurar”, “tratar de conseguir u obtener”. Luego el verbo deriva en “tratar de entender”; “preguntar” e “indagar”. Eggers Lan traduce “me investigué”[3], en tanto Mondolfo opta por “me he investigado”[4].
El fragmento alude a un sujeto que emprende una acción; acción de la cual él mismo resulta ser objeto. En este sentido es interesante destacar que dízemai se encuentra en conexión —controvertida para la filología— con el verbo di/emai [díemai], un verbo que se refiere al momento de la caza. Díemai nombra “el acto de cazar por parte del perseguidor” pero también “el escapar de la presa”, incluso su “espanto”. Señala tanto la acción de “lanzarse sobre” como la de “hacer correr”, es decir, es perseguir y es huir.
El comentario que efectuaron los contemporáneos del sabio con respecto a esta pequeña sentencia no pasa de lo anecdótico, y podría resumirse en la aseveración que divulga Diógenes Laercio: “Heráclito no tuvo maestros”[5]. Cabe señalar que la anécdota cumple la función de resguardar la verdad; la guarda, al tiempo que la mantiene velada. Más allá de las múltiples implicancias que tiene, en este caso entre los griegos, afirmar que “de nadie fue discípulo, sino que él mismo, decía, se había investigado a sí mismo, y todo lo había aprendido por sí mismo[6]”, debemos subrayar que la exégesis coloca el acento en el decir de este pensador inicial, pues manifiesta que ‘lo que dijo lo aprendió solo’, o en todo caso por sí mismo.
No obstante, como se desprende de los fragmentos de Heráclito, su comprensión de la enseñanza y del aprendizaje es más rica y compleja que la que aquí se expone. Veamos cómo otra sentencia eclipsa este comentario; en el fragmento 17 dice:

ou) ga\r frone/ousi toiau=ta polloi/, o(ko/soi e)gkupe/ousin, ou)de\ maJo/ntej
ginw/skousin, e(wutoi=si de\ doke/ousi. (22 B 17 DK)
La mayoría no comprende cosas tales como aquellas con que se encuentran, ni las conocen aunque se las hayan enseñado, sino que creen haberlas entendido por sí mismos.

En esta sentencia el “entender por sí mismo” no es presentado por el sabio como ningún bien. Tampoco hace diferencia respecto al conocimiento adquirido mediante la enseñanza de un maestro o a través de las cosas mismas; a decir verdad, en ambos casos deja entrever que la comprensión se da sólo si se alcanza a hacer una experiencia de eso.
Llegados a este punto podemos retomar la ficción biográfica de Diógenes[7], para confrontarla con la sentencia. En este caso nos encontramos frente a una sentencia en cierto sentido excepcional, pues en ella Heráclito, hablando en primera persona, parece hacer referencia a su vida —no encontramos ninguna otra referencia así—. Literalmente dice: “Me investigué a mí mismo”. Habíamos trabajado la interpretación hasta reconstruir un enunciado cercano a la frase: “Heráclito aprendió por sí mismo”. La correspondencia lingüística parece adecuada, pero el pensamiento que la expresión acarrea resulta tergiversado. Si especulamos con que los fragmentos hablan de lo único que hay que pensar: el lógos, el tema es dilucidar cómo lo hace cada uno de ellos. En relación con esta sentencia nuestra propuesta es que indica otra cosa que lo trasmitido por la tradición, que ‘Heráclito aprendió de sí mismo’ —lo que no es lo mismo—. Pero, ¿qué diferencia marca esto?, y ¿adónde nos conduce?
Primero intentemos ubicar la sentencia 101. Tras el verbo di/zhmai [dízemai] resuena la máxima délfica: Gnw=Ji sauto/n [Gnôthi sautón], conócete a ti mismo[8]; campo de audición de los griegos, y lugar de diálogo del pensador con su propio tiempo. El proverbio, inscripto en el frontispicio del templo de Apolo en Delfos (ombligo del mundo en aquella época), recordaba a los hombres su ser mortal; trazando los límites, los proyectaba hacia el abismo que los separaba de sus dioses. La seña del arquero los arrojaba a apropiarse de la propia mortalidad. Sin negar, ni obviar, esta cuestión podemos pensar que Heráclito hace decir a la máxima aún algo más. El sabio acoge el enigma del oráculo y lo responde; de tal manera une su decir a lo divino, pone su lógos bajo los signos del dios.
Si nos concentramos en la concordancia de la sentencia con el imperativo, damos con otro fragmento: el 93, donde Heráclito se demora en Loxias[9].

o( a)/nac, ou)= to\ mantei=o/n e)sti to\ e)n Delfoi=j, ou)/te le/gei ou)/te kru/ptei a)lla shmai/nei. (22 B 93 DK)
El señor, cuyo oráculo está en Delfos, ni dice ni oculta sino que señala.

Un dios no dice [le/gei (légei)] ni oculta [kru/ptei (krýptei)], da signos: señala [shmai/nei (semaínei)]. En estas palabras Heráclito reúne su pensamiento. Si en el decir [le/gein (légein)] se desoculta el lógos, en el ocultar [kru/ptein (krýptein)] se resguarda la Fu/sij [Phýsis].
El sabio lanza su enigma: el dios sólo hace señas... A los mortales les toca seguir los signos del dios. Indicios que llevan a decidir; cifras que abren el riesgo de ser guiados camino a la perdición [hamartía], o conducidos por celestes aurigas a la verdad [a)lh/Jeia (alétheia)].
¿Qué signos da aquel dios? — Gnw=Ji sauto/n [Gnôthi sautón]: “Conócete a ti mismo”.
¿Qué dice el sabio? —  )Edizhsa/mhn e)mewuto/n [Edizesámen emeoutón]: “Me investigué a mí mismo”.
Este investigarse a sí mismo no tiene el carácter de una mirada introspectiva; no se trata del ego cartesiano; ni del inconsciente, menos aún de éste pensado como sustancia o sustrato de la persona. Sin embargo, en ello se da el inconsciente[10]. El sabio no indica algo que está adentro, tampoco nada externo; señala lo que atraviesa todo. Pues, si aquel hombre indagó en sí mismo, eso lo llevó al abismo.




[1] Aoristo.
[2] Los filósofos presocráticos, Historia crítica con selección de textos, G. S. Kirk, J. E. Raven y M. Schofield, Editorial Gredos, Madrid, 1987.
[3] Los filósofos presocráticos, Vol. I, Editorial Gredos, Madrid, 1994.
[4] Heráclito. Textos y problemas de su interpretación, Siglo XXI editores, México, 1989.
[5] Vidas de los filósofos ilustres, IX, 5. También ver Suida (número 472 Adler). 
[6] Ver en Heráclito. Textos y problemas de su interpretación, Siglo XXI editores, México, 1989, la traducción del testimonio de Diógenes Laercio, IX, 5.
[7] Sin detenernos a aclarar la función de la biografía en el mundo antiguo, es preciso señalar que los testimonios sobre Heráclito son recogidos a partir de comentarios de terceros, muchas veces referidos a los dichos del pensador.
[8] Aquí se extravía Edipo. El que supo resolver el enigma de la esfinge, cuya respuesta es “el hombre”, pero no sabrá, hasta el final de su tragedia, quién es él mismo.
[9] Ver La sapienza greca III. Eraclito, Giorgo Colli, Adelphi Edizioni, Milano, 1996. 
[10] Freud también podría haber dicho “me investigué a mí mismo”; si bien la experiencia fue con Fliess. El asunto es pensar en qué sentido, ya que siempre es fácil errar el tiro... Esa experiencia le permitió surcar la pregunta “¿quién soy?”; trasladándolo de la Roma de sus sueños a una Acrópolis que lo trastorna.